El obstáculo era el camino… y la vida, una maratón

A veces, los obstáculos no llegan para detenernos, sino para redefinirnos. Esta es la historia de una maratón corrida con lesiones y dudas, pero también con determinación; un recorrido donde aprendí que los límites pueden transformarse en propósito y que una meta puede reinventarse sin perder el significado. Más que una carrera, fue un recordatorio de que crecer también implica soltar la idea de perfección y abrazar el viaje con gratitud y coraje.


Hace unos días, con un grupo de amigos, corrimos otra maratón. Varios llegamos lesionados, pero la corrimos con el corazón. Cada uno a su propio ritmo — algunos corriendo, otros caminando — pero todos cruzamos la meta llenos de gloria y cargados de satisfacción.

Un mes antes, yo me preguntaba si podría con el reto. Una doble lesión —en el bíceps femoral y la banda iliotibial— me daba la señal de que nuevamente tendría que echarme para atrás y declinar mi participación. Hubiera sido la cuarta o quinta vez en mis años de corredor. Pero se trataba de la maratón de Nueva York, que en esta edición sería la más grande de la historia, con casi 60,000 participantes y más de 2 millones de espectadores. Afortunadamente, decidí seguir adelante, sabiendo que tendría que caminar una buena parte.

El fin de semana previo a la carrera, mientras aflojábamos las piernas con un trote de preparación para el reto, fuimos con mis amigos al templo de Santo Domingo en el centro de la Ciudad de Guatemala, a visitar a la Virgen conocida como Nuestra Señora del Rosario. Estando allí, inmerso en la oración tras encender una veladora, no le pedí que me permitiera correr la carrera completa, ni mucho menos hacer mi mejor tiempo. Lo único que deseaba era la sabiduría para saber cuándo dejar de correr, la voluntad para cruzar la meta aunque fuera caminando, y la esperanza y actitud para vivir una experiencia emocional y de crecimiento.

Una semana después, mi aventura comenzó en la expo, como sabía que sería: recibes tu número junto a miles de corredores. Te tomas fotos, las compartes, y sientes que la emoción comienza a volverse real. Cada carrera tiene su propia personalidad, y esa vibra la sientes desde el momento en que pones el primer pie en el salón para recibir tu registro. Pero en mi caso, la experiencia particular comenzó el día antes de la carrera. Fuimos a la Catedral de St. Patrick’s, en la ciudad de Nueva York, donde cada año los corredores se reúnen para recibir una bendición especial antes de la gran carrera. En esta ocasión, leímos juntos una oración que había sido preparada anteriormente por un padre italiano. No puedo describir el escalofrío que sentí en la espalda mientras escuchaba el eco de cientos de corredores repitiendo las palabras y, al mismo tiempo, los suspiros y lágrimas de inspiración a mi alrededor.

Aún resuena en mí esta frase:

“Gracias, Señor, por permanecer cerca de mí durante los momentos de temor, cuando mi sudor nuble mi vista y la fatiga doble mis piernas, y cuando yo quiera renunciar. Pero seguiré hacia adelante contigo…”.

Fue un instante de silencio interior, donde sentí que mi propósito era más grande que la carrera. Fue allí donde supe que estaba por vivir momentos especiales tal como desié anteriormente.

Completé la maratón de Nueva York en 5 horas y 12 minutos, muy lejos del tiempo que meses antes había aspirado. Pero corrí, caminé, disfruté del público y viví cada kilómetro con absoluta presencia y gozo. Confieso que también bailé… ¡dos veces! Bailé porque la música, la gente y el alma se mezclaban en un solo latido. Tomé cientos de fotos y videos que hoy regreso a ver con orgullo, nostalgia y satisfacción -puedes ver un clip con mi resumen aquí-.

Como sabía que sería, el dolor de la lesión llegó a mis piernas desde el kilómetro 15. Pero me había preparado para ello, con una meta redefinida y un reto con un marco completamente diferente a cualquier otra carrera que había corrido anteriormente. En otras palabras, reinventé mi propia forma de entender lo que sería una buena maratón. Tuve una experiencia emocional y de crecimiento, con creces. Viví uno de los mejores momentos de mi vida.

Esa experiencia me dejó una enseñanza clara: los obstáculos no siempre llegan para detenerte, sino para redefinir tu camino. A veces la vida nos pone impedimentos que nos toman por sorpresa o que están fuera de nuestro control. Cambian nuestros planes. Ante ello, pareciera que lo lógico es abandonar por completo tu aventura. Pero, a menudo, tienes la elección de darle un nuevo marco a tu reto y redefinir tu meta.

¿Cuál es la historia que te cuentas a ti mismo cuando la vida altera tus planes? Puede ser que el obstáculo sea justamente lo que necesitabas para buscar otro ángulo de crecimiento, y que quizá sea el crecimiento que necesitabas en ese preciso momento de tu vida. Así se comenta en uno de mis libros favoritos.

“El impedimento para la acción impulsa la acción. Lo que se interpone en el camino se convierte en el camino.”

RYAN HOLIDAY

The Obstacle Is the Way de Ryan Holiday es una poderosa reinterpretación moderna del estoicismo. El libro enseña que los desafíos y las dificultades no son enemigos del progreso, sino su materia prima. Inspirado en la frase de Marco Aurelio —“Lo que se interpone en el camino se convierte en el camino”— Holiday muestra cómo cada obstáculo puede transformarse en una oportunidad para crecer, fortalecer el carácter y alcanzar la excelencia. Su mensaje central es simple pero transformador: no podemos controlar lo que nos sucede, pero sí cómo respondemos; y en esa respuesta se define nuestra grandeza.


Hace unos años me topé con un video fenomenal elaborado por Ignacio Llantada -atleta, autor y vocalista de la banda Los Claxons-, quien hace la analogía entre la vida y correr una maratón. Hoy, inspirado por mi experiencia, quiero compartir esa narrativa contigo con una libre adaptación, sin dejar de reconocer los créditos a Nacho, quien nos dejó este regalo para siempre. Espero que lo disfrutes. Espero que te motive a correr una [otra] maratón.

Dicen que correr una maratón es una prueba de vida. Pero yo creo que es mucho más que eso: la maratón es como la vida.

Los primeros 10 kilómetros son como la infancia. Arrancas emocionado, con una sonrisa. Saltas, juegas, gritas, rodeado de cientos de personas que no conoces. Sientes que nada te puede detener.

Del kilómetro 10 al kilómetro 20 es como la juventud. Ya no es una multitud la que viene a tu lado y entras en tu propio ritmo. Algunos ya caminan. Te sientes fuerte, pero vas más concentrado.

Del kilómetro 20 al kilómetro 30 ya estás casado y con hijos. Todo se hace más pesado. En tu mente haces números y cuentas. Controlas el reloj más seguido. Caes en la cuenta de que estás en la mitad de tu carrera, que lo más difícil está por venir. Aun con algo de fuerza, sigues adelante, con menos gente a tu alrededor. Agradeces el aliento del público con una sonrisa, algún gesto, algún grito esporádico… pero no quieres gastar energías de más.

Del kilómetro 30 al kilómetro 40 ya tienes hijos más grandes. Ves tu vejez cada vez más cerca. Tu cuerpo ya no te responde como antes y estás solo por espacios muy largos. Los dolores te atacan y a veces sientes que ya no puedes más. Cualquier subida parece una montaña. Ya no hay fuerza, solo voluntad.

Del kilómetro 40 al 42 es la vejez. Sabes que estás en la recta final. Y aunque tu cuerpo está cansado y lleno de dolores, recobra energía. Una sonrisa vuelve a tu rostro y hay mucho aliento a tu alrededor. Saludas, chocas manos, ríes, gritas. Vuelves a sentir la fuerza de los primeros kilómetros. Das lo último que te queda, con tu familia corriendo a tu lado, aunque no estén físicamente allí. Te imaginas a tus amigos esperándote en la meta y ya sientes la satisfacción de haberlo logrado, de haber vencido, de haber entregado todo lo que tenías.

En los últimos 195 metros sabes que ya estás allí, y tu vida entera pasa por tu mente y tu corazón como un flash mientras escuchas el rugido de una multitud haciéndote porras y dándote la bienvenida a la meta. Quizá así es como se experimenta el final de la vida. Sientes un nudo en la garganta; una gratitud infinita por el reto, el dolor y todo el crecimiento que tuviste en los muchos meses de preparación.

Sin darte cuenta, tu capacidad de amar se multiplicó por el simple hecho de haber dedicado esta carrera a alguien. Quieres llorar, porque en ese preciso instante te sientes verdaderamente humano y vivo.

De eso se trata la vida.

Cada una de las personas con las que compartiste el camino te dejó algo. Marcaron tu carrera, y tú marcaste la de ellos.

Mi mayor deseo es vivir esa recta final rodeado de mi familia y mis amigos, con una sonrisa llena de entusiasmo, sabiendo que no me guardé nada y que hice siempre lo mejor que pude.


Al final, lo que realmente importa no es el tiempo en el reloj, sino el amor y la gratitud con que corriste cada paso


Soy Luis Pedro Recinos Vila, optimista, explorador de gratitud y autor de El legado de Thiago: Una travesía de 365 días de gratitud. Dedico estas líneas a mis amigos de Corretenango. Porque en cada kilómetro compartido encontramos algo más que resistencia: encontramos propósito. Su fuerza me inspira, su resiliencia me impulsa y su determinación me da cuerda para seguir corriendo la vida, juntos.

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Director de negocios y autor. Esposo, padre de familia, y explorador de gratitud.

3 comentarios sobre “El obstáculo era el camino… y la vida, una maratón

  1. Nuevamente, ¡¡¡GRACIAS POR TUS LÍNEAS!!! Todas cada una de ellas me inspira a seguir adelante, aunqeu no corro maratones físicas, las llevo emocionales. y Si, justo así es como se sienten, así como lo describe Ignacio. Voy entre el kilómetro 30 y 40 y no pudo describir mejor lo que siento, eso sí, satisfecha de lo logrado, especialmente en los últimos años.

    ¡Gracias Luis Pedro, infinitas gracias!

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