No tenía un plan. Tenía un camino por recorrer.

Para Luis Andrés

Hace unos días mi hijo me entrevistó para un trabajo del colegio. Comenzó preguntándome sobre mi carrera profesional, pero sin darnos cuenta terminamos hablando de cosas mucho más importantes: familia, decisiones de vida, éxito y liderazgo. Mientras respondía, su forma de escuchar hizo que aquella conversación se sintiera especial. Pero sus preguntas también me dieron un regalo inesperado: me obligaron a detenerme y pensar en algunas de las lecciones que he ido aprendiendo en el camino. No son grandes fórmulas ni pretenden serlo. Son pequeñas historias y reflexiones que quisiera dejar escritas para él.

La claridad aparece mientras caminamos

De pequeño me encantaba desarmar y volver a armar mis juguetes. Me daba curiosidad entender cómo funcionaban las cosas. Durante algún tiempo decía que de grande quería ser “inventor”, luego de ver con mi padre la película Chitty Chitty Bang Bang. Pero más adelante caí en la realidad de que la carrera universitaria de “inventor” no existe como tal, y terminé estudiando Ingeniería Industrial.

Me encantó la carrera. Sin embargo, durante un trabajo de verano descubrí algo inesperado: me gustaba mucho lo que estaba aprendiendo, pero no estaba seguro de querer dedicar mi vida a trabajar en eso.

Después de graduarme como ingeniero trabajé un año y decidí regresar a la universidad para estudiar una maestría que ampliara mis conocimientos en finanzas, contabilidad y administración. Esa decisión eventualmente me abrió la puerta para trabajar como analista financiero en un banco y, más adelante, a otras oportunidades en el ámbito financiero y corporativo.

Uno nunca sabe qué semilla está sembrando

En otro período de vacaciones de la universidad conseguí un trabajo con un amigo de mi papá. Él me conocía porque yo había compartido clases de karate con su hijo y se había quedado con una buena impresión de mí.

Trabajé con él solamente unas pocas semanas. Sin embargo, siete u ocho años después, fue reclutado para liderar una transformación importante en un conglomerado de negocios y necesitaba incorporar profesionales jóvenes. Se acordó de mí.

Una llamada, un café y un proceso de selección terminaron abriéndome la puerta a una empresa espectacular en la que hice una carrera de 20 años, una aventura que fue un verdadero regalo de vida. Aquella persona que fue mi jefe se convirtió además en un mentor de vida. Hoy lo considero un gran amigo y en cada encuentro disfruto compartir con él y siempre aprendo algo nuevo.

Todo comenzó con un trabajo de vacaciones.

El éxito necesita una definición propia

Otra de las preguntas de mi hijo fue cómo defino el éxito.

Creo que esa definición es diferente para cada persona y debería estar relacionada con aquello que realmente valoramos. Para mí, el éxito tiene que ver con estar rodeado de personas con quienes existe amor, cariño o admiración mutua. También con dedicarme a algo que disfruto, continuar aprendiendo, generar un impacto positivo alrededor y, por qué no, tener los ingresos necesarios para vivir bien.

Pero cuando me preguntó cuál considero mi mayor logro, no tuve que pensarlo demasiado. Mi respuesta no fue un puesto, un título académico o algún reconocimiento profesional.

Mi respuesta fue mi familia.

Construir una familia unida y llena de amor. Tener una esposa con quien existe admiración y respeto mutuo. Tener hijos que nos hacen sentir orgullosos.

Quizá una de las trampas de la vida profesional es que aquello que podemos medir termina ocupando más espacio que aquello que verdaderamente importa. Medimos puestos, ingresos, resultados, reconocimientos. Es mucho más difícil medir una conversación con un hijo, una relación construida durante años o simplemente estar presente cuando alguien que queremos nos necesita. Pero que algo sea más difícil de medir no significa que sea menos importante.

El tiempo nunca va a alcanzar

Durante muchos años tuve una carrera corporativa demandante y responsabilidades de gran escala. Hoy soy asesor de empresas familiares; un tipo de trabajo diferente, pero con otra serie de desafíos. Hay, sin embargo, un patrón bastante sencillo: el tiempo nunca va a alcanzar.

Siempre habrá otro correo, otra reunión, otra presentación o algún problema por resolver. Por eso, para mí, el balance de vida no consiste en repartir perfectamente las horas entre trabajo y familia. Consiste en tener claras nuestras prioridades y aprender a poner límites.

Es cierto, debemos ser flexibles. Habrá días en los que una reunión importante nos hará llegar tarde a casa. Eso es parte de la vida. El problema comienza cuando la excepción se convierte en nuestra forma normal de vivir. Nadie más va a poner esos límites por nosotros.

Somos mucho más que nuestro trabajo

También quisiera que mis hijos desarrollen pasiones e intereses que no tengan necesariamente que ver con su profesión.

A mí me encanta escribir. Publiqué un libro y sigo escribiendo. Me encanta dar conferencias y compartir mis reflexiones. Me gusta leer. Me apasiona salir a correr y también ver carreras de Fórmula 1. Todo eso forma parte de quién soy.

Somos nuestra familia, nuestros amigos y lo que hacemos profesionalmente. Pero también somos nuestras curiosidades, nuestros hobbies y las cosas que hacemos simplemente porque nos gustan.

El liderazgo comienza por saber quién eres

Esta idea también ha marcado mi manera de entender el liderazgo.

Soy una persona relativamente calmada, tranquila y serena. Por eso me siento cómodo con un liderazgo más pausado, conciliador y basado en las personas. Es cierto que este estilo no es el mejor en todos los contextos y quizá más de alguna vez eso me ha pasado la factura.

Un líder debe aprender a adaptarse. Pero sería muy difícil intentar liderar permanentemente fingiendo ser alguien que no soy.

Para mí, el liderazgo auténtico comienza por saber quién eres y tomar acción siendo fiel a tus valores. Es lo que te permite dormir tranquilo.

También creo profundamente en un liderazgo humano. Las personas importan. Sus emociones importan. Cómo las hacemos sentir importa. Eso no significa renunciar a los resultados. Un buen líder debe exigir, tomar decisiones difíciles y retar a las personas. Pero se puede exigir desde el respeto, retar desde la confianza y buscar resultados extraordinarios sin olvidar que detrás de cada puesto hay una persona.

Lo que quisiera que mis hijos recuerden

Si tuviera que resumir lo que surgió durante aquella entrevista, no les daría a mis hijos una fórmula para alcanzar el éxito; porque no existe, o al menos, yo no la sé. Además, no puedo decir que yo sea exitoso. Pero sí puedo decir con firmeza que soy imperfectamente feliz.

Les diría que hagan todo lo posible por ser personas de bien y actuar siempre con integridad.

Que escojan bien a sus amigos y, algún día, a la persona con quien quieran compartir su vida. Quizá son dos de las decisiones más importantes que tomarán.

Que cuiden a su familia y, especialmente, la relación entre hermanos. Que tengan paciencia para descubrir sus pasiones. Que lean, mantengan la curiosidad y desarrollen hobbies. Que encuentren cosas que disfruten hacer aunque nadie les pague por hacerlas. Que sean agradecidos por las bendiciones que encuentren en el camino.

Y que no se preocupen demasiado si todavía no tienen todas las respuestas. Yo tampoco las tenía. Probablemente todavía no las tengo.

Mirando hacia atrás, muchas de las cosas más importantes de mi vida no surgieron de un gran plan. Surgieron de pequeñas decisiones, de personas que aparecieron en el camino, de oportunidades inesperadas y de semillas que alguna vez sembré sin saber si algún día iban a germinar. Y debo reconocer, con humildad y gratitud, que también he tenido mucha suerte. Pero también sé que todavía tengo un largo camino por recorrer y mucho por aprender.

Quizá el sentido de la vida y del liderazgo esté en algo mucho más sencillo: saber quién eres, tener claro qué es verdaderamente importante para ti, procurar dejar una buena huella en las personas y lugares por los que vas pasando y, sobre todo, amar profundamente.


Cuando terminó la entrevista, me di cuenta de que, sin proponérselo, mi hijo me había dado un regalo. Sus preguntas me ayudaron a detenerme, ordenar pensamientos que llevaba conmigo desde hacía algún tiempo y poner en palabras algunas de las cosas que verdaderamente importan para mí.

Y, en el proceso, también me ayudaron a conocerme un poco mejor.

A veces, las mejores preguntas no nos dan nuevas respuestas. Simplemente nos ayudan a descubrir con mayor claridad las que ya llevábamos dentro.

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Escrito por

Asesor de familias empresarias, autor y conferencista. Esposo, padre de familia y explorador de gratitud.

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