Recientemente di una charla de liderazgo para estudiantes universitarios. No fue la primera vez. Es algo que disfruto mucho porque el ambiente de universidad me llena de energía.
Los estudiantes conocían un poco de mi historia y, en particular, de mi práctica de muchos años de llevar un diario de agradecimientos. Quise pensar que mi audiencia en redes sociales se había expandido, pero la verdadera razón era otra: la profesora del curso les había pedido que llegaran bien preparados. Y sin duda lo hicieron.
Previo a la charla recibí casi dos docenas de preguntas cuidadosamente elaboradas y llenas de curiosidad. Solo leerlas ya era una experiencia enriquecedora. Pero hubo una que me enganchó especialmente y que terminamos conversando durante la sesión:
“Si la gratitud nos enseña a valorar lo que ya tenemos, ¿cómo evita que se convierta en conformismo cuando todavía queremos crecer?”
¡Uf! Tremenda pregunta.
La gratitud nos ayuda a reconocer y valorar aquello que ya tenemos. De hecho, en varias conferencias he compartido una idea en la que creo profundamente: Tu felicidad crecerá cuando aprendas a agradecer lo que ya tienes, porque esa es una de las claves para vivir una vida llena de abundancia.
Pero estar agradecido no significa quedarse cómodamente sentado.
El crecimiento personal, profesional o espiritual también es parte importante de una vida plena. Y crecer muchas veces requiere incomodarnos, cuestionarnos y atrevernos a movernos de donde estamos. Como dijo Ginni Rometty, ex CEO de IBM: “El crecimiento y el confort nunca pueden coexistir.” Y por ello, para poder alcanzar un mas allá, necesitamos un impulsor: ambición.
Entonces, ¿cómo reconciliamos ambas cosas?
Quizás “gratitud” y “ambición” por crecer sean dos engranajes que deben aprender a girar juntos. La ambición genera movimiento; la gratitud evita que avancemos tan rápido que dejemos de disfrutar el camino. Uno nos impulsa hacia adelante; el otro nos recuerda que la vida también está ocurriendo mientras avanzamos.
Porque hay algo más que repito con frecuencia en mis charlas: La vida es una serie de momentos perfectos que suceden a diario.
Todos los días vivimos muchos de esos momentos. Una buena conversación con un amigo o incluso con un extraño, una comida en familia, una carcajada con un colega, un abrazo con tu padre, un amanecer, unos minutos haciendo algo que disfrutamos. El problema es que muchas veces vamos tan rápido persiguiendo lo que sigue que esos momentos nos pasan desapercibidos. Y con ellos dejamos pasar pequeñas oportunidades de cosechar frutos de felicidad que ya estaban allí.
Quizás esa sea precisamente una de las funciones más importantes de la gratitud: ayudarnos a bajar un poco la velocidad para reconocer lo bueno que ya está sucediendo en nuestra vida.
Pero eso no significa renunciar a nuestras aspiraciones. Podemos estar profundamente agradecidos por nuestra vida y, al mismo tiempo, querer aprender más, desarrollar nuestro potencial, perseguir un sueño o convertirnos en una mejor versión de nosotros mismos.
La gratitud no es el freno de la ambición. Es el engranaje que nos permite avanzar sin dejar nuestra felicidad siempre para después.
El problema aparece cuando uno de esos dos engranajes funciona sin el otro. Si únicamente agradecemos lo que tenemos y dejamos de buscar cualquier forma de crecimiento, podemos caer en la comodidad. Y la comodidad, cuando se vuelve permanente, puede limitar nuestro desarrollo. Todos necesitamos alguna sensación de progreso: aprender, descubrir, aportar, superar un reto o avanzar hacia algo que nos importa.
Pero el extremo contrario puede ser todavía más peligroso. Si crecemos constantemente, pero nunca aprendemos a valorar lo que ya existe en nuestra vida, podemos caer en una ambición insaciable. Siempre habrá una siguiente meta, un siguiente logro, un siguiente escalón.
Y entonces aparece la trampa de la felicidad condicional: “Cuando alcance esto, finalmente seré feliz.” Cuando llegue el ascenso. Cuando gane más. Cuando termine la carrera universitaria. Cuando tenga el carro nuevo. Cuando alcance la siguiente meta. El problema es que, al llegar, probablemente aparecerá otra.
No hay nada malo en la ambición. Tampoco en querer crecer. El problema comienza cuando convertimos el futuro en el lugar donde hemos decidido depositar toda nuestra felicidad.
Quizás por eso la verdadera tensión no sea entre gratitud y ambición. La pregunta más importante puede ser desde dónde nace nuestra ambición.
Podemos crecer porque sentimos que nunca tenemos suficiente, o podemos crecer porque estamos agradecidos por lo que tenemos y queremos desarrollar mejor aquello que la vida nos ha dado. Son dos formas muy distintas de recorrer el camino.
Es importante recalcar que cuando hablo de crecimiento, tampoco me refiero únicamente a aquello que podemos medir desde afuera: trabajo, ingresos, títulos, reconocimiento o patrimonio. Crecer también puede significar conocernos mejor, fortalecer una relación, desarrollar nuestro carácter, cultivar nuestra espiritualidad, servir a otros o aprender a vivir con mayor intención.
Cada persona tiene su propia definición de éxito. Ninguna tiene que ser mejor que otra. Simplemente son diferentes. Por eso, hoy respondería aquella pregunta de los estudiantes de esta manera:
La gratitud no debería apagar nuestra ambición. Debería enseñarnos a crecer sin necesitar que el próximo logro sea la condición para ser felices.
Agradecer lo que ya tenemos y seguir creciendo hacia aquello que podemos llegar a ser.
Quizás una vida plena necesite de ambos engranajes: gratitud para disfrutar el camino y ambición para seguir avanzando. Y, entre ambos, aprender a ser cada día un poquito más felices.